miércoles, julio 08, 2009

Enrique Congrains Martin (1932-2009)



Fuera del cuarto se dirigió al lavadero, un enorme embudo de cemento con una parrilla de metal en la parte inferior y que era utilizado por las siete familias que vivían en el corralón para sacar agua, lavar ropa y vaciar bacinicas. Llenó el vaso de agua, cerró el caño, y regresó al cuarto de ellos, dispuesta a que calmara el ataque de asma con la maligna pastilla de doble filo, como decía Juan en algunos momentos de humor.
Abrió la puerta, y antes que ver las cuatro paredes de estera que formaban esa calurosa jaula para el amor y las conversaciones y sueños de ellos, y antes que verlo a Juan todavía reclinado sobre la tarima, respirando dificultosamente con la boca abierta, vio con claridad la tira de papel doblándose en dos sobre el pico de un pomo de jarabe.
Cerro la puerta y volvió a sentarse junto a él.
—Toma —le dijo aproximándole el vaso.
—No —dijo Juan—, ya me está pasando.
—Toma. En la noche te va a dar fuerte —dijo ella—. Hubiéramos ido al cinema, en vez de que te metieras a jugar fútbol.
—¡Cinema! —exclamó Juan—. ¡Jugar fútbol no cuesta nada!
Rosa meneó la cabeza y se entretuvo un instante rascando un pie contra otro.

(De «Domingo en la jaula de estera»)


Imagen: www.letras.s5.com.

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