domingo, junio 15, 2008

Entrevista a Miguel Gutiérrez




Por Jorge Coaguila
Publicado en La Primera, suplemento «Semana», 8 de junio de 2008.

En su primera novela, El viejo saurio se retira (1969), hay un personaje de la aristocracia piurana que mantiene una relación amorosa con su hermana. Usted asegura, en La novela en dos textos (2001), que el tema del incesto es «constante y recurrente en la historia de la literatura» y agrega que es de difícil ejecución. ¿Qué problemas tuvo para escribir El mundo sin Xóchitl (2001, 2008)?
—Todo el argumento, los personajes, los ambientes, el escenario están diseñados en alguna página de El viejo saurio se retira. Incluso me propuse escribir la novela inmediatamente después, pero no me fue posible. De vez en cuando volvía la historia. Un poco que me sentía incapaz de escribirla. No por razones morales, sino por cuestiones estéticas. No me sentía con los instrumentos para contar esta historia.
Aparte de la tragedia Edipo Rey (hacia 430 a. C.), de Sófocles, ¿qué libros tratan este asunto? ¿Qué títulos tuvo presente?
—Cuando empecé a escribir la novela, releí la Orestíada (458 a. C.), de Esquilo, y novelas de Faulkner. También Sobre héroes y tumbas (1961), de Sabato. Me di cuenta de que el tema del incesto era todo un reto para mí.
En el prólogo de la nueva edición de El mundo sin Xóchitl, dice que su cultura operística era muy precaria, pero, asesorado por amantes de la lírica, leyó todo lo que tuvo al alcance durante tres años acerca de este género musical. A algunos autores se les criticó mucho por ambientar sus libros en los Andes, por escribir lo que no conocen a profundidad. ¿No sucede lo mismo aquí?
—No estoy de acuerdo con esa concepción de que el escritor solamente debe escribir sobre el mundito que conoce, sobre su clase social. Yo pertenezco a la pequeña burguesía, pero es no me impide escribir sobre la aristocracia en decadencia en El mundo sin Xóchitl. El escribir puede ubicar en cualquier escenario sus creaciones. No creo que solo los andinos deban escribir sobre Ayacucho, por ejemplo. Si tenemos que hacer una objeción crítica a Abril rojo (2006), de Santiago Roncagliolo, no es por que haya ubicado o porque desconozca el mundo andino, porque finalmente no se propuso eso. Las observaciones son por el tejido narrativo.
Hay un aspecto que llama la atención en su biografía: ¿por qué existe un silencio creativo de El viejo saurio se retira (1969) a Hombres de caminos (1988)? En total, 19 años.
—Un silencio editorial, digamos, porque no dejé de escribir, pero indudablemente en un momento determinado, durante 10 o 15 años no puse en el centro de mi vida la carrera creativa. Acepté otros compromisos, los cuales requerían también una entrega absoluta. Ya se sabe, uno no puede servir a dos amos. Me di cuenta luego de que las tareas que hacía lo podía hacer otras gentes con más talento. Me dedicaba, por necesidad, a hacer crítica. Me hice crítico porque vi un vacío. Pero después me di cuenta de que esa labor la podía hacer gente más capaz. En cambio, las historias que me venían a la mente solo yo podía escribirlas. No porque vayan a ser grandes obras, sino porque yo podía contarlas.
En su libro de ensayos La generación del 50: un mundo dividido (1988) usted ensalza a Jorge Eduardo Eielson, autor de poemas intimistas, por encima de Alejandro Romualdo, recientemente fallecido. Se interpretó que usted estaba en contra de la poesía social. Se dijo que un escritor progresista no debía tener esa posición. ¿Qué opina de estos comentarios?
—Son tonterías. Además, le rindo homenaje a Romualdo en el mismo libro. Por ejemplo, cuando yo cuento que llegó Romualdo con una delegación de poetas de Lima —entre ellos Carlos Germán Belli, Francisco Bendezú y otros—, y yo asistí al teatro Variedades, de Piura. Me impresionó muchísimo el poema «Dios material». Considero que Romualdo es un buen poeta, pero —para mi sensibilidad— Eielson me resulta mejor. Tiene más amplio registro, su aparato retórico es mucho más rico. Además, ha cultivado otros géneros, como la novela. Eso no tiene nada que ver que estoy contra la poesía social, pero si me dieran a escoger entre Vallejo y Eielson, sin duda elegiría a Vallejo.
En la Editorial San Marcos se anunció un ambicioso conjunto de ensayos suyos. Se publicó la primera serie de cinco títulos: Borges, Kafka, Faulkner, Ribeyro y autores de los Andes. ¿Qué sucedió con la segunda parte, con los trabajos suyos acerca de Joyce, Hemingway, Onetti, Zavaleta, Reynoso?
—En cierta forma, esos trabajos se han incorporado en mi libro El pacto con el diablo (2007). Por ejemplo, sobre Onetti. Se interpusieron otras tareas para sobrevivir. Por otra parte, me di cuenta de que esa labor competía con mi labor creativa.
En el capítulo I, en la sección «Una familia extinguida», de su novela La violencia del tiempo (1991) cuando se habla de Miguel Grau, el mayor héroe nacional, hay un espacio en blanco censurado. ¿Por qué mutiló su propio texto?
—No mutilé mi propio texto. El editor, Carlos Milla Batres, dadas las condiciones que vivía el país entonces y era extranjero, me llamó. «Miguel, si yo publico esto me ponen una bomba. Además, yo soy de El Salvador. Me botan del Perú». Quizá exageraba. Quiso que reescribiera ese párrafo. Me negué y le dije que, en todo caso, dejara en blanco. Algún día, si se publica una edición crítica se restituirá el párrafo. No me parecía tan terrible. Había una visión desmitificadora de Grau, sobre todo de su familia.
Algo de eso ha contado Guillermo Thorndike en su voluminosa biografía sobre Grau. Que la madre tuvo hijos con padres distintos.
—Claro, claro, pero han tenido que pasar muchos años para decirlo. En ese momento la Marina tenía otra fama. De las tres armas, la Marina ha sido la más cruel, la más violenta, la más sangrienta. Me pareció legítimo el temor de ese amigo. No podía exponerlo a una agresión. Al final, decidimos que quedara en blanco. Quedó como testimonio de la época.
En Celebración de la novela (1996), hay un «autorreportaje» porque, según dice usted, tiene una cierta insatisfacción general con las entrevistas que ha concedido. ¿Qué le reprocha a los periodistas peruanos?
—No les reprocho nada. Ellos hacen su trabajo y, en general, me han tratado bien. Aunque, claro, no se trata de que traten bien o te traten mal. Lo que pasa es que en una entrevista, por razones de espacio o por «levantar la noticia», problemas que son para mí más importantes, como la concepción propiamente literaria, no son desarrollados. Me quedo insatisfecho conmigo mismo. Se fijan en cosas secundarias para mí.
Iván Thays dice que lo invitó a usted a su ya desaparecido programa de televisión, pero usted se negó a ir. En otro momento, él dijo que lo primero que le preguntaría sería acerca de sus ideas sobre Sendero Luminoso.
—Mire, no quiero andar en dimes y diretes con ese sujeto. Eso de que me ha invitado es mentira... No quiero que crea que quiero evadir la segunda parte de su inquietud, como si él me va a poner contra la espada y la pared. Es una estupidez. Dentro de pocos días debe aparecer la segunda edición de La generación del 50: un mundo dividido, en la Arteidea Editores. En el prólogo están mis ideas claras acerca de aquello.
Esencialmente usted ha desarrollado el ensayo y la novela. ¿Hay otros géneros que cultiva y que no han visto la luz?
—No. No tengo ninguna sensibilidad para la poesía. Intenté llevar un diario, pero no pude. Me sentí falso. Lo que estoy trabajando ahora es una novela titulada Confesiones de Tamara Fiol. Espero que salga este año. Aún no sé en que sello editorial. Es la historia de un cronista de guerra que reside en Nueva York que se interesa por lo que está pasando en el Perú. Publica un reportaje sobre las senderistas, pero queda insatisfecho pues considera que no ha llegado a la intimidad de estos personajes. Ahí conoce a Tamara Fiol, quien estaba muy ligada a las luchas populares.

viernes, mayo 30, 2008

El Hablador 15

Ya salió la edición 15 de la revista El Hablador. Hay estudios sobre Mario Bellatin, José B. Adolph y sobre La casa de cartón. Los entrevistados son otro plato fuerte: José Rosas Ribeyro (sobre el debate de los poemas de María Emilia Cornejo), Diamela Eltit, Héctor Abad Falciolince y Carlos Monsiváis. Todos de lectura obligatoria.

miércoles, mayo 21, 2008

La lengua de Cela


Es conocida la anécdota referida a que Camilo José Cela hizo todo lo posible para que la Academia de la Lengua incluyese al vocablo coño dentro del diccionario de la RAE. Esta semana se presentó en Madrid el libro El coño de don Camilo, que hace un recuento de anécdotas diarias del Nobel. El autor del volumen es Gaspar Sánchez Salas, que se desempeñó como secretario de Cela durante sus últimos seis años de vida. Sánchez Salas cree que la mejor anécdota ocurrió en 1977, cuando Cela fue nombrado senador. El presidente del Senado lo descubrió echando una siesta y dijo: “El señor Cela está dormido”. “No estaba dormido, sino durmiendo”, acotó el escritor. “¿Y eso no es lo mismo?”. “No, señor presidente —respondió Cela—, como tampoco es lo mismo estar jodido que jodiendo”.

martes, mayo 06, 2008

Los mejores libros de cuentos 1982-2007


Acabo de descubrir una encuesta muy interesante realizada por el blog El Síndrome Chéjov, referida a los mejores libros de cuentos de los últimos 25 años publicados en España. Catedral de Raymond Carver fue el ganador. Otra cosa: de los trece mejores libros, ocho están escritos en español.
Los resultados fueron:
1. Catedral (1983), de Raymond Carver
2. Velocidad de los jardines (1992), de Eloy Tizón
3. Llamadas telefónicas (1997), de Roberto Bolaño
4. Rock Springs (1987), de Richard Ford
. El porqué de las cosas (1994), de Quim Monzó
. El aburrimiento, Lester (1996), de Hipólito Navarro
. Frío de vivir (1997), de Carlos Castán
8. Pájaros de América (1998), de Lorrie Moore
9. Tres rosas amarillas (1998), de Raymond Carver
. La chica del pelo raro (1989), de David Foster Wallace
. La velocidad de las cosas (1998-2006), de Rodrigo Fresán
. Los girasoles ciegos (2004), de Alberto Méndez
. La vida ausente (2006), de Ángel Zapata
14. Crónicas de motel (2004), de Sam Shepard
. Cazadores en la nieve (1982), de Tobías Wolff
. La enciclopedia de los muertos (1985), de Danilo Kiš
. Obabakoak (1988), de Bernardo Atxaga
. Las cosas que llevaban los hombres que lucharon (1990), de Tim O’Brien
. El temor del cielo (1994), de Fleur Jaeggy
. El fin de los buenos tiempos (1994), de Ignacio Martínez de Pisón
. Esperando al enemigo (1996), de Gonzalo Calcedo
. La literatura nazi en América (1996), de Roberto Bolaño
. Contrasombras (1998), de Medardo Fraile
. El malestar al alcance de todos (2004), de Mercedes Cebrián
. El síndrome Chéjov (2006), de Miguel Ángel Muñoz
. Ceremonias de interior (2006), de Ignacio Ferrando
La lista completa se encuentra aquí.

lunes, abril 28, 2008

Foro sobre poder mediático


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Quipu: «Ripucuchcaniñam ccamña allimlla», de Juan Osorio Ruiz


El tercer escritor elegido para su publicación en Quipu es el hasta hoy inédito narrador Juan Osorio Ruiz, nacido en Huancayo en 1976.
A partir de la fecha, Quipu anuncia que sus ediciones serán mensuales y ya no quincenales, de modo que los cuentos o poemas ganadores serán publicados por la red de blogs asociados al proyecto no cada dos lunes, sino cada cuatro lunes de ahora en adelante, para facilitar la labor de las personas encargadas de la evaluación.
Asimismo, comunicamos a los lectores y participantes que uno de los ofrecimientos que recibimos en un principio, la publicación impresa de los textos en el suplemento
Identidades del diario El Peruano, no se ha podido mantener en pie en razón del poco espacio disponible en el periódico, motivo que escapa al poder de los encargados de este proyecto.
Quienes necesiten recordar las bases de participación, podrán verlas en los blogs
Puente Aéreo y Quipu esta semana.


Ripucuchcaniñam ccamña allimlla

Mi bisabuela llegó desde Huancavelica unos meses después de la muerte de mamá, a mitad de una tarde en la que las ventanas lagañosas impregnaban de frío la sala de mi casa. Llegó del brazo de mi padre, su nieto, envuelta en sus innumerables polleras, luciendo un sombrero gris decorado con coquetos ribetes rojos, saludándonos con tiernas frases quechuas llenas de diminutivos y con una minúscula maletita en la que traía todo lo que necesitaba: una que otra prenda de ropa, una bolsita con menjunjes que sólo ella sabía utilizar y el álbum de fotos familiares de contenido casi arqueológico.
Una vez instalada en la que era hasta entonces mi habitación, mi padre nos convocó a mis hermanas y a mí para pedirnos estar siempre solícitos y atentos con ella por lo avanzado de su edad. Sin embargo, pronto descubrimos que mi bisabuela tenía la rara cualidad de anticiparse a todo, y a todos: se levantaba muy temprano y con el caminar propio de quien ha comprendido que hay un momento en la vida a partir del cual toda prisa es inútil, pues todo plazo se vence y toda prerrogativa se acaba, se dirigía a la cocina a preparar el más viscoso y más delicioso quáker con leche del mundo. Y antes de que cualquiera de nosotros dijera “Buenos días abuelita” ya estaba ella disponiendo las ollas y cortando las verduras en trocitos de exactitud matemática para prepararnos el almuerzo. Y mientras se cocían las verduras y echaban color los guisos, se sentaba al lado de la cocina a gas, que desdeñaba en un comienzo, a saborear sus trocitos de pan remojados en quáker con leche, haciendo largas pausas y dando mordiscos suaves y periódicos, cual sacerdote en ofrenda eucarística, con una parsimonia que no era producto de la disminución de sus fuerzas, sino de su sabia actitud ante la vida.
Mi abuelo, su hijo, había llegado también a nuestra casa un mes antes a insistencia de mi padre pues los muchos años de bohemia le estaban pasando factura (intereses moratorios incluidos) y aunque a regañadientes, había sido internado en una clínica cercana donde tratarían de curarlo. No había pasado ni una semana desde la llegada de mi bisabuela cuando recibimos la noticia de que los riñones de mi abuelo habían dejado de funcionar. Tras una corta agonía falleció por insuficiencia renal.
Dicen que mi bisabuela había criado a mi padre, su nieto, a mi abuelo, su hijo; había cuidado también de su esposo, mi bisabuelo, y desde muy corta edad, se había encargado de la atención de su padre, mi tatarabuelo. A la luz de los resultados, su caprichosa buena salud no había sido un don tan preciado pues mientras los eslabones más antiguos de esa cadena interminable que es una familia, se habían ido muriendo, a ella le había tocado en suerte mantenerse a pie firme sosteniendo la cadena, sepultando a los más antiguos, y cuidando de los más jóvenes sin emitir queja alguna.
Al contrario de lo que todos pensábamos, la partida de su hijo, mi abuelo, no la afectó demasiado, parecía siempre encontrarse de buen ánimo, excepto algunas mañanas muy temprano, cuando yo la sorprendía sentada en el jardín interior de la casa, con la mirada perdida y hablando sola con ese tonito arrullador que sólo la gente de la sierra es capaz de pronunciar, delicioso, melancólico y musical.
A partir de la muerte de mi abuelo fuimos nosotros, sus bisnietos, los destinatarios de toda su atención; sus mimos se hicieron más prolíficos, sus comidas más reconfortantes, las conversaciones en quechua con mi padre fueron más subliminales a mis oídos y los tejidos de tupida lana con los que nos enfundaba para soportar el frío serrano no tuvieron comparación.
Pero pronto la acrobática economía familiar fue ensombreciendo nuestro cómodo chalet como se oscurecen las tardes antes de una severa granizada. Mi padre era un policía ejemplar pero un pésimo negociante. Y si bien al comienzo no todo el dinero se perdió en las dislocadas empresas que iniciaba, su soledad terminó deprimiéndolo y conduciéndonos a todos a los linderos de la ruina.
Así pasaron varios meses en los que algo fue cambiando en casa. A medida que mi padre se sumía en más deudas, los cariños de mi bisabuela fueron adquiriendo una dimensión distinta, aunque se mostraba excesivamente maternal, nosotros ya estábamos bastante crecidos como para aceptarla como reemplazante de nuestra madre. Aunque no era su culpa, había llegado a nuestra casa demasiado tarde, a destiempo. Así que pronto sus cariños nos hostigaron, sus comidas perdieron el encanto y hasta mis hermanas prefirieron enfrentar al frío invierno en los brazos de algún adolescente oportunista y ya no con las chompas de lana tejidas por mi bisabuela.
Entonces ella, silenciosa y discreta, no hacía mayor cosa que acurrucarse al lado de la cocina a gas, que ya no desdeñaba tanto, inquebrantable en su intención de confeccionar innumerables prendas de lana con la esperanza de que alguna vez volviéramos a usarlas.
Así, nuestra anciana huésped fue paulatinamente convirtiéndose en un mueble confinado en un rincón de la cocina, aferrada a sus costumbres e imposibilitada de comunicarse con nosotros por las distancias del idioma y las insalvables brechas abiertas por el tiempo y las circunstancias.
Aquella noche mi padre había llegado borracho a casa y mi bisabuela, diligente como siempre, le había servido una gran taza de café cargado, lo había llevado hasta su dormitorio y le había intentado quitar los zapatos antes de recostarlo en su cama. Mi padre, obnubilado por el alcohol, se había empecinado en dormir con los zapatos puestos, algo que para mi abuela era inaceptable. “Déjame tranquilo que tú no eres ni mi esposa, ni mi madre” le había imprecado. Tras una pausa prolongada, ella sólo llegó a decir: “Ripucuchcaniñam ccamña allimlla” y en silencio se retiró a su habitación.
A la mañana siguiente, cuando me levanté, encontré ropas tiradas a lo largo del oscuro pasadizo que conducía al jardín interior; allí, junto a la puerta, se encontraba mi bisabuela sentada en una diminuta banca que se ahogaba entre sus polleras, cortando con unas viejas tijeras la última chompa que había tejido con incansable esmero. Sus labios susurraban una cancioncilla medio triste y medio dulce que me pareció reconocer, quizá de algún tiempo remoto en el que yo aún no existía.
Caminé hasta colocarme junto a ella, sus delicadas manos soltaron las tijeras y me acomodaron el cabello dándome luego la usual nalgadita convertida en caricia. “Ripucuchcaniñam ccamña allimlla huahua”, me dijo a mí también. A pesar de no entender el significado de aquella frase impronunciable para mí, supuse que quería que la dejara sola. Mientras ella retomaba sus insondables pensamientos me escabullí hasta el umbral de mi dormitorio desde donde todavía podía verla. Su canción terminó unos minutos después para dar paso a un silbido entonado, alternado con gorgoritos deliciosos que me hicieron sonreír. Y con toda calma, como la había visto desde su llegada, se levantó y caminó hasta su cuarto, abrió aquella diminuta maleta con la que había arribado, sacó las fotos que guardaba celosamente y las puso en su velador, en su lugar introdujo los retazos de las prendas de lana que había cortado; la cerró sin prisa, la puso debajo de su cama y se acostó.
La mañana estaba sorprendentemente quieta y tibia, las paredes verde pastel de su habitación hacían ver su cuerpo más pequeño y más distante. Alguna avecilla dejaba oír su trinar en el preciso instante en el que comprendí lo que sucedería después.
Con la mirada incrustada en el techo se persignó juntando sus manos, rezó con ese repetido susurro algodonoso y cuando hubo terminado se persignó, tomó la colcha que le llegaba hasta la cintura y se cubrió el cuerpo y luego el rostro, hasta quedar en la posición exacta en la que quedan los muertos. Y luego partió, partió en busca de la muerte que la había dejado olvidada en mi casa.

viernes, abril 25, 2008

La Gran Prueba


El administrador de este blog, fanático de los programas de concurso por televisión, expresa su protesta por el cambio de animadora en La Gran Prueba, de Visión 20. Milene Vásquez (en la foto) —luz de donde el sol la toma / hermosísima paloma— ha dejado paso a Erika Villalobos, demasiado cordial, demasiado sonriente y demasiado aburrida.
Ciego como estaba, el administrador de este blog dejó de ver los errores del programa que hoy percibe con frecuencia. Hace un par de semanas, por ejemplo, Erika Villalobos explicó que el cuento «Los gallinazos sin plumas» de Julio Ramón Ribeyro narra la historia de la explotación de los hermanos Efraín y Enrique a manos del viejo Pascual. El viejo, como sabemos, se llama Santos. Pascual era el chancho de «gigantesca mandíbula» al que debían alimentar los muchachos.
El despelote llegó hace unos días. En el panel de la frase que los participantes deben averiguar se había escrito como respuesta: «Voy a ser magia con un verso aquí esta noche», en lugar del homófono aunque correcto «Voy a hacer magia con un verso aquí esta noche».
Claro que resbalones de este tipo se cometen en todas partes. Hace cosa de un mes, en un partido de fútbol de la Copa Libertadores entre el Bolognesi y el Cienciano, el comentarista de Fox Sports afirmó algo así como: «Tacna es una tierra con mucha literatura. Tiene una universidad, al igual que en la ciudad del otro equipo peruano en la copa, el San Martín. Es que Tacna es la tierra de Mario Vargas Llosa, gran escritor...».

Imagen: sexygirlsinc.blogspot.com

Feria del Libro en Lima Norte


Lima Norte, parte de la capital integrada por siete distritos —Ancón, Carabayllo, Comas, Independencia, Los Olivos, Puente Piedra y San Martín de Porres—, y dotada de un potencial económico nada despreciable, tendrá una feria del libro propia, gracias a la Cámara Peruana del Libro. La actividad se desarrollará en el centro comercial Mega Plaza de Independencia, desde el 16 de mayo al primero de junio. Serán presentados más de 55 mil títulos. Se espera la visita de al menos doscientos mil visitantes.
La feria tendrá 45 expositores, sesenta eventos culturales y artísticos, y presentaciones de libros como Pachacámac, develando el misterio del valle de Lurín, de Alejandro Balaguer, La historia de Leusemia, de Daniel F, y Un duro despertar de Aldo Pancorvo. El invitado de honor será el artista Fernando de Szyszlo, quien presentará la revista Cuadernos Literarios de la Universidad Católica Sedes Sapientiae, patrocinadora del evento.

Ribeyro y la presunta homosexualidad de Haya


Hace dos noches se presentó en Enemigos Íntimos, el programa de Beto Ortiz y Aldo Miyashiro, una entrevista censurada al crítico André Coyné realizada por el periodista Ramón Azabache para un programa de Trujillo. En la entrevista, Coyné —que había declarado algo semejante en Llámalo amor, si quieres de Toño Angulo— dijo que Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador del Partido Aprista, acostumbraba visitar centros nocturnos “para muchachos” en París. Ortiz presentó el diálogo censurado afirmando que la presunta homosexualidad de Haya no resta méritos a su labor intelectual, reflexión que resultaría irrecusable para cualquier persona de mediana tolerancia, salvo para ciertos correligionarios de nuestro partido de gobierno.
El caso es que en el segundo volumen de Cartas a Juan Antonio, de Julio Ramón Ribeyro, aparece una cita que confirmaría la versión de Coyné. El 24 de febrero de 1966, Ribeyro cuenta que Haya de la Torre, a quien conocía “poco, de saludos, de cambios de fórmulas de cortesía”, había sido golpeado por desconocidos en París. “Nunca he sabido quiénes fueron, por más que traté de informarme. Unos dicen que fueron unos estudiantes de izquierda. Esto me parece improbable, pues tengo enlace con ellos y me habría enterado. Otros dicen que fue un lío de maricas, pues los cafés que frecuenta Haya son de esa calaña”.
La pregunta es: ¿censurarán a Ribeyro?

Imagen: www.latinamericanstudies.org

miércoles, abril 09, 2008

Porta9


Francisco Ángeles me pasa la voz de su nuevo proyecto: la revista literaria on line Porta9, que de arranque acaba de presentar una muy buena entrevista en vídeo a Mario Bellatin. Conversaciones como estas, con distintos escritores, se publicaran todos los lunes. Los miércoles podremos leer las columnas de los ex Habladores Carlos Calderón Fajardo (¡qué buena noticia!), Leonardo Aguirre, José Güich, Andrea Cabel y Francisco Izquierdo Quea. Finalmente, los viernes se presentará una reseña de un libro reciente, sección a cargo de Marlon Aquino, Jack Martínez, Niki Tito y Juan Francisco Ugarte.
Según Francisco, "Porta9 cumplirá una doble misión: por un lado, colaborar en la difusión de la obra de escritores que no encuentran espacio en medios; por el otro, abordar con mayor detenimiento (con reseñas, artículos y entrevistas) la obra de los autores que sí tienen difusión, pero que las páginas culturales de los diarios (por falta de espacio o de interés) no alcanzan a abordar satisfactoriamente".
Larga vida a Porta9.