sábado, agosto 09, 2008

Este domingo en «Semana»


Este domingo en «Semana»:
—Una semblanza de José Villalobos Cavero, cultor la música negra del Perú.
Tour Vargas Llosa. Un recorrido por los lugares donde transcurren los libros del autor de La ciudad y los perros: el jirón Huatica, el bar La Catedral o el Colegio Champagnat.
—Reseñas de El hombre de la azotea, de Abelardo Sánchez León, y Animales literarios, de Alonso Rabí.

sábado, agosto 02, 2008

Este domingo en «Semana»


—El plato fuerte de «Semana» es «La novela es un cajón de sastre», una larga entrevista a Enrique Vila-Matas, por Jorge Coaguila. No se pierdan sus comentarios sobre Enrique Prochazka, Julio Ramón Ribeyro y los bloggers literarios del Perú.
—«El jardín de los encantos. Habla el gran sinonés». Javier Ágreda comenta la novela del narrador piurano Dimas Arrieta.
—«Guitarrero comprometido», una semblanza sobre el músico Julio Humala, por Jesús Raymundo.

Imagen: Daniel Mordzinski.

sábado, julio 26, 2008

Este domingo en «Semana»


Este domingo en «Semana»:

—«El arte de dedicar libros». Un recuento de las mejores dedicatorias impresas en la literatura.
—Entrevista a Susana Baca. Una conversación con la ganadora del Grammy 2002.
—«Tour Bryce Echenique». Una suerte de Bloomsday en Lima dedicado a Alfredo Bryce.
—«Los canales de piedra». El poeta y crítico Óscar Hahn comenta la antología poética de Miguel Ángel Zapata.

Imagen: Susana Baca, por Jesús Raymundo.

viernes, julio 25, 2008

¡Pardiez!

Ya no hace falta leer traducciones de Bukowski en Anagrama. Acá en el Perú podemos encontrar el siguiente par de buenos ejemplos (los subrayados son de este blogger):

«Juliaca, Perú», de Pedro Salinas. Etiqueta Negra, nro 61, p. 46
Juliaca parecía una creación de Stephen King luego de una mala siesta. Bulliciosa. Maloliente. Caótica. «¡Coño, y ahora cómo hago para salir de aquí!», fue mi primer pensamiento al sentirme engullido por ese lugar.

«Mentiras piadosas», de Renato Cisneros. Busco Novia, Aguilar
Cuando te dicen: «Sabes que siempre vas a ser el hombre más importante de mi vida. Nunca nadie me ha hecho sentir como tú, pero debes entender que ahora tengo cosas personales que superar y terminar de entender. Estoy tan confundida que ni yo misma me entiendo». ¡Joder! ¡Nunca digan eso, por Dios! Si van a clavar un puñal, háganlo sin misericordia, porque a la larga esa piedad de utilería es más nociva de lo que creen.

viernes, julio 18, 2008

Entrevista a Enrique Prochazka


El siete de julio, a las seis de la tarde, mi amigo Augusto Effio pactó una entrevista que ambos le haríamos a Enrique Prochazka, con el pretexto de la nueva edición de Un único desierto en la editorial Matalamanga. La conversación duró casi dos horas y tuvo la participación de Pierre Emile Vandoome y Jorge Coaguila. La entrevista editada apareció en el suplemento Semana, del diario La Primera, el domingo trece de julio. Esta es una versión sin editar.

No eres lo que se conoce exactamente como un intelectual. Tú mismo, en un texto que aparece en un blog, dices: «Vuelo parapente, lanzo cuchillos, no me va mal en los 10K, escalo sin cuerda, desciendo nevados en bicicleta, todavía hago barras con una mano y no me iría mal tampoco con tres naranjas frente a un semáforo». ¿Cuán importantes son estas labores no intelectuales en tu vida?
—De esa lista que publiqué en ese momento probablemente ya no pueda hacer ninguna. He perdido práctica en casi todo y he estado concentrado en las labores intelectuales, pero yo diría que pesan muchísimo. Todavía intento hacer todas esas cosas. He bajado de 10K a 5K porque no me está yendo tan bien, y ya no practico con naranjas. Mantengo lo de los cuchillos. Me estoy dedicando mucho a la carpintería. Ese mueble que ven por allí (señala una esquina) lo estoy acabando para mi hijo. Estoy tratando de ordenarme en función de investigaciones, que no son investigaciones intelectuales, si se quiere. En Internet he publicado una lista de casi veinte libros que estoy leyendo al mismo tiempo. Ese es el ancho de banda que quiero. Estoy leyendo, formándome y haciendo un esfuerzo por mantenerme activo en términos de artesanía y de producción física, porque eso me interesa mucho.
No obstante, tus textos, como dice el crítico Gustavo Faverón, «exigen un lector entrenado y que maneje muchos referentes, y nunca tendrán ventas millonarias». ¿Compartes esa opinión?
—Esa es una opinión temprana que dio Gustavo, hace algunos años. Lo que dijo ha tenido muchas respuestas. Yo no estoy seguro, en primer lugar, de si es cierto, porque, como dice el texto que hemos estado discutiendo en algunos espacios cibernéticos, tú puedes ver una película —para hacer una analogía con el acto de leer una historia—, no encontrar ningún referente y disfrutarla por igual. Hace quince años había una serie que se llamaba Animaniac, que la hacía Spielberg. Uno de los capítulos era una parodia, larguísima, de Ciudadano Kane (1941), con las mismas angulaciones de cámara, los mismos montajes y edición. Era un tratado de Ciudadano Kane en dibujos animados y en absurdo. Los niños lo veían y se mataban de risa con lo les pasaba a esos muñecos, pero no habían visto la película. ¿Qué se proponían quienes escribieron ese guion? ¿Educar a los niños? Yo creo que no. Pienso que se quieren divertir a dos planos. Lo divertido es funcional a un nivel y crear una estructura compleja. Es una diversión etimológicamente madura. Es sacar algo del curso por donde está yendo y ponerlo en otro lado. Me parece fundamental. Si yo no pudiera escribir así, no escribiría.
Pero en tus libros hay constantes referencias históricas, literarias. Si el lector no conoce a Plinio, por ejemplo, puede quedarse perdido en las últimas líneas de tu cuento «At the Beach» (2005).
—Entiendo. Ese texto presume que uno sabe que Plinio era un personaje importante en el año 70. Sí, es verdad. Presumo que, logrado cierto punto de cultura universal, hay que saber acerca de Plinio, acerca de Darío. Eso lo estudiamos en el colegio, ¿no? ¿O ya lo hemos olvidado?
Hace poco, en un blog hablabas de las lecturas de la actual generación de narradores. Te preocupaba que solo leyese literatura y que no supiera cuál es la tercera ley de la termodinámica.
—Ese era un comentario que hice a propósito de un post de Faverón que se llamaba «Arqueología». Faverón decía que para leer bien a Paul Auster hay que haber leído bien a Borges, y etcétera. Yo le decía: «Gustavo, no solamente es eso. Además, sucede que estos chicos no han leído nada de astronomía, ni de zoología, ni nada de lo que hay en medio». Esa era una actitud como la de los viejitos del palco en los Muppets. Esos viejitos que lo único que hacían era murmurar que lo que pasaba abajo era un desastre. Y, llegada cierta edad, uno se pone como un viejito de los Muppets, sobre todo luego de haber trabajado en Educación tantos años casi inútilmente. Lo que sí sentía es que hay una complacencia con el hecho de haber borrado grandes áreas de lo que uno aprendió en el colegio o que jamás pensó que era importante conocer. Una complacencia con la ignorancia que me parece inviable, innecesaria, injustificable. Somos máquinas de aprender. ¿Por qué negarse a esas posibilidades de manejar ciertos referentes?
¿Qué importancia ha tenido Jorge Luis Borges en tu obra?
—Yo te diría que quienes me abren las puertas son los profesores de Filosofía de la Universidad Católica. Por ahí tengo una lista de determinados muchachos que están estudiando Filosofía en Lovaina en 1880. Lo que leían estos muchachos a los 20 años es prodigioso. Leían en griego, latín, inglés, alemán y francés. Manejaban un registro cultural amplísimo y trataban de encontrar lo rescatable en el canon antiguo para conocerlo. Creo que es una operación responsable para poder manejar tu presente. Entonces es que me tropiezo con Borges. Yo he leído a Borges tarde, a los diecisiete, dieciocho años. Algunos cuentos en particular me sacaron de quicio. Me acuerdo que estaba leyendo «La biblioteca de Babel» caminando por la calle, por la avenida Pezet, y llega una parte en que el narrador dice que tres letras aparecidas en cualquier parte del texto pueden significar cualquier cosa. Y luego dice algo así: «Tú, lector que me lees, ¿sabes acaso qué es lo que estás leyendo?». Con lo cual desbarataba toda teoría de la interpretación del texto. Yo agarré el libro y lo tiré al otro lado de la Pezet. Y grité. Tuve que cruzar la Pezet entre los carros para recoger mi libro, que estaba varios carriles más allá. Sí, Borges me golpeaba a ese nivel. No era la primera que me sucedía esto. Antes me había pasado con la ciencia ficción. No era el primer libro que tiraba, en buena cuenta. Borges me tocaba a dos niveles: uno, a nivel de la escritura, que imparte al texto que está escribiendo. Era del todo evidente que el texto tenía partes puestas allí como integrantes de un mecanismo intencional. No había leído autores, hasta ese momento, que habían hecho eso de manera tan clara. Y, ojo, yo no estaba estudiando literatura. La otra era el estilo, el cuidado por el adjetivo. Por esa época me enteré de que el adjetivo estaba pasado de moda y todo el mundo empezaba a ser Hemingway. Si podías escribir en siete, lo hacías en cuatro. Yo dije: «No, no me gusta». La frase larga, con ritmo interno, cuidadosamente adjetivada, me llamaba muchísimo la atención. Yo componía textos para mi clase de filosofía. Resultado de eso aparecen en Un único desierto (1997) textos que fueron escritos como divertimentos entre la clase de Metafísica y la clase de Griego II. Eran cosas que anotaba y que luego aparecieron en forma de libro.
Te han calificado como un autor de culto. ¿Te consideras uno de ellos? ¿Cómo tomas esta etiqueta?
—No sé qué es un autor de culto. Supongo que lo soy. (Risas). Un autor de culto es un escritor leído con cariño, por un grupo de personas que lo considera valioso aunque no esté en el mainstream. Esa sería la definición funcional, que me incluye. Si es por ahí, me incluye. Luis Loayza, por ejemplo, es un autor que publica poquísimo y es querido. De repente Bryce, de no haber escrito veinticinco veces el mismo libro, sería un autor de culto. El camote que le teníamos a Bryce era de esa naturaleza.
De un tiempo a esta parte, has asumido tu oficio de escritor de una manera distinta a la que se pudo notar en ti en tus dos primeros libros. ¿Qué ha sucedido para que ya no le huyas al lado comercial de la literatura, para que te asumas como un producto literario?
—Cuando publiqué Un único desierto y salió en la lista de los mejores libros del año de Visto & Bueno, de El Comercio, yo estaba muy impresionado. Estaba número cuatro. El uno era César Vallejo, el dos era Vargas Llosa y el tres era Alfredo Bryce. Si bien creía que el libro era de calidad en términos editoriales, no estaba seguro de que los cuentos se sostuvieran como producto literario. Eran demasiado evidentemente, para mí, un ejercicio de estilo. Y de pronto dije: «Parece que puedo escribir. Esto servirá para empezar a flotar». Pero luego resultó que no. El baldazo de agua fría que viene del hecho de que no eres famoso fue inmediato y muy frío. Pero yo ya había sido famoso por otras cosas. Había salido colgado en una mano en la carátula de El Comercio. No tenía especial angustia por el minuto dieciséis, o sea el minuto después de los quince minutos de Warhol. Además, había que preocuparse por otras cosas. Yo tenía dos hijos pequeños, teníamos una crisis económica y política seria, y el mundo se venía abajo en el Ministerio de Educación. Estábamos luchando contra la presión de Vladimiro Montesinos. Así que me ocupé de otras cosas.
Luego Vila-Matas publicó un artículo sobre tu obra [«Plan para el más allá», El País, enero de 2006].
—Cuando Enrique Vila-Matas escribe sobre mí en El País lo hace a raíz de mi contestación a Faverón acerca de lo poco poderosa que era la crítica literaria en el Perú. La crítica literaria había dicho que Un único desierto era una maravilla. Y la observación de Faverón decía que a Enrique nadie lo lee. Y así empezaron a cruzarse opiniones acerca de cómo escribía yo. Yo me vi entonces en la necesidad de escribir el texto con que empezó la entrevista: no soy un intelectual como se lo están imaginando. Yo todavía casteo para comerciales. Lo hago porque me parece un ejercicio de humillación minuciosa: borrar tu cara para uso comercial. Cada diez días voy a la agencia, digo mi nombre —no les dice absolutamente nada— y me dicen: «Ahora tienes que hacer el científico loco». Me pongo una bata blanca, me divierto un rato y pierdo el casting. Tengo pocas esperanzas de que me llamen. De repente la palabra no es humillación, pero sí es humildad. Mi cara no es mi cara...
Pero hiciste un programa de televisión [Educación en democracia, 2006].
—Claro, pero ahí sí era yo. Era un programa sobre educación. Me gustaba mucho hacerlo. Era época electoral. No podían gastar más, pero querían elevar la calidad del programa. Y como yo estaba bastante enterado de por dónde iba todo, me preguntaron si podía hacerlo. No podía cobrar, porque ya tenía un sueldo del Estado. Lo hice durante cuatro meses. Entrevisté a Meche Cabanillas y a todos los candidatos en el sector Educación de todos los partidos. El programa fue premiado cuando yo lo conducía. Era el año 2006 y el ministro de entonces era Javier Sota Nadal... Apenas salió el artículo de Vila-Matas, me fui a escalar, porque lo tenía previsto. Hice una ruta que se llama Planta del Más Acá. Los escaladores la conocen, van y suben, pero ninguno sabe de dónde proviene el nombre. Vivo en mundos distantes... Fui el mejor escalador nacional en diez o doce años.
¿Qué falta para que los profesores tengan buena calidad?
—Diría que es un fenómeno demográfico. Los profesores venían tradicionalmente de la clase media. Ahora no es así. En los últimos cuarenta años hemos bajado la red para reclutar profesores de clases sociales más bajas. El resultado es que ahora tenemos en campo a profesores cuyos padres probablemente eran analfabetos o con un bajísimo nivel de alfabetización. Muchos profesores son la primera generación con estudios superiores en sus respectivas familias. No era así en el pasado. Un profesor de 1970 era un muchacho que en 1940 tenía doscientos libros en su casa. Un profesor de 2010 es un muchacho que en el año 2000 huía de Sendero Luminoso por la puna. La sociología del maestro ha cambiado mucho. De tener cien mil maestros en la década de 1960 ahora tenemos seiscientos mil. Hemos tenido que bajar la calidad para encontrar el número suficiente.
¿Crees que tu literatura es una reacción a la realidad, en tu caso a la realidad de la educación desde el ministerio?
—Voy a contestar que sí, pero intentando refutar inmediatamente el supuesto que, si algo no me gusta, escribo de algo que es completamente opuesto. Y no es así. Lo que no me gusta es que la educación no progresa ni logra su cometido. Los mundos que yo creo muestran que esta educación triunfó de una u otra manera. Resulta que la mayor parte de mis personajes son personas muy educadas o con un paquete de valores, con un acervo valorativo. Siempre son resultados de un exitoso proceso educativo. Siempre es un referente el fracaso en el mundo real, pero es un referente que señala una dirección. En esa dirección está el cuento. Ese es un punto. El otro es que mis cuentos no están descontextualizados. «El porquerizo» (1997) está cargado de componentes históricos reales. No diré que es un problema tan relevante como cuando se hace una novela histórica, pero me gusta hacerlo. Hace un tiempo estaba planeando vivir en Sydney. Había hecho mi solicitud de emigraciones a Australia y me preguntaron qué sabía hacer. Yo dije: «Soy carpintero». Así tengo la ocasión de borrarme. Uno de los cuentos que más me gusta de Borges relata que Alejandro Magno, después de haber sido emperador del universo, se borra, desaparece en el desierto, y termina siendo, como lo llama la sangre, un mercenario. Y un día, en alguna ciudad, le pagan su salario de mercenario con una moneda en la que aparecía su cara. Otro caso es el de Lawrence de Arabia, que llega a Inglaterra siendo el coronel Lawrence, dice que ya no quería ser héroe nacional inglés y se borra metiéndose a la RAF. En la RAF hace alguna trastada, lo llama el teniente a su despacho y le dice: «Usted, que es un incompetente, debería seguir el ejemplo del coronel Lawrence», cuyo retrato estaba allí. Eso quiero ser. Quiero que no me reconozcan.
¿Cuán importante es el Internet, el googlear en tu vida?
—Yo googleo muchísimo. Antes de que existiera el Google existía Fuenzalida. Era delicioso. Querías saber algo y se lo preguntabas. Y hacía algo que el Google no hace, que es inventar. En realidad, Fernando era eso, un Internet privado. Antes de Google y los blogs, yo, que escribo más filosofía que literatura, decía: «Tiene que haber una posibilidad de poner todo lo que estoy creando en contacto con un público que no solo me conozca como el borgeano autor de Un único desierto. Tenía un panorama amplio y cosas que me gustaría comunicar, pero hace quince años no existía el formato blog.
Ya no sigues en el ministerio. ¿Estás trabajando?
—No estoy trabajando en el sentido laboral. Creo que puedo dedicarme a escribir. Va a ser una drástica disminución de mis ingresos, pero creo que es algo muy duro por lo que tengo que pasar. Tengo dos hijos en la universidad y el colegio. Dejé un trabajo glorioso en Antamina, muy bien pagado.
¿Cuánto tiempo te llevó escribir Casa (2004)?
—Catorce años. Yo escribo así. Anoto cuatro o cinco ideas, lo imprimo y empiezo a hacer anotaciones en los márgenes, que se van convirtiendo en parte del texto, en las sucesivas versiones. Entre cada versión de un cuento deben pasar unos quince días. Es el modo como escribo. Casa debe tener sesenta versiones. He pensado escribir una novela complementaria de Casa, donde diré todo lo que no se dice en esta... Pero tengo el orgullo de que la primera página está tal cual. Además tengo mi novela larga.
¿Cómo se llama?
Sábado. Se congeló en 1999. Los personajes están basados en amigos míos y en la que fue mi esposa. Lo que sucedió fue que mi esposa terminó estando con otro personaje del cuento. Así que dejó de interesarme escribir de esto. Era demasiado doloroso. Y paré. Pero, como plan, creo que es una novela redonda, y voy a terminar de trabajarla porque creo que vale la pena. Son veinticuatro horas en la vida de un solipsista, que en verdad ha inventado el universo, pero al que minuto a minuto le suceden cosas que no ha planeado. Él está tratando de reajustarse con eso. En su colapso entra en un estado de coma. Así descubre que todos los errores que había pasado en el día se habían debido a su estado de coma. Él sigue siendo omnipotente. Toda la novela es una búsqueda explícita del Finnegans Wake (1939). Al personaje se le ha perdido su ejemplar.
Para ser alguien que repite que sus grandes referentes no son literarios...
—Sí, pero cómo no serlo. Mientras todo le sucede, él está escribiendo una novela desde el infinito. George Lucas me robó la idea (Risas).
También se dice que tu literatura es escapista. ¿Lo es?
—A mí me contaron que en San Marcos usaban Un único desierto como libro de texto en los primeros grados de literatura. Básicamente lo que hacían los profesores era decir: «Miren cómo escriben esos de la Católica. ¡Así no se hace!». Eso fue hace quince años. Ya las cosas han cambiado. Algo ha hecho que, por ejemplo, Un único desierto sea leído por la gentita de ciencia ficción. No sé por qué, pero me tienen cariño. Las opiniones que se daban respecto de mi literatura siempre venían tarde. Cuando escribí Un único desierto tenía veintiún años. El último cuento lo escribí a los treinta. Y publico el libro ocho años después. Para ese momento estaba muy adentro de la redacción de Sábado.
¿Encuentras referentes en la tradición literaria peruana?
—Me gusta Duque (1934) y La casa de cartón (1928). Pienso que cuidar las frases es algo muy importante. Esa elegancia que tiene Martín Adán es inalcanzable. Máxime cuando te lo imaginas escribiendo a los dieciséis años. Yo he tenido el privilegio de conocer a Estuardo Núñez. Hemos hablado mucho con Estuardo sobre Adán. Tantas veces Pedro (1977) me hace reír. El de Bryce es un humor que me interesa. Sin embargo, cuando trato de escribir con humor no me sale. No soy una persona graciosa. No hay un solo cuento en Un único desierto que te haga reír. Tengo un humor frío, pero que funciona. Una de las cosas que más tempranamente descubrí en mí mismo es el estilo para hacer humor. Lo puedo reconocer en cuadernos de 1974. Yo diría que es el humor de Arthur Clarke, el típico chiste de Arthur Clarke que así nomás no lo entiendes. Es un humor inglés de poco octanaje. Así me gusta escribir. En realidad, hubiese querido que salga de otra manera, pero así salió.
Hay un artículo tuyo, muy divertido, titulado «Elogio del mal cine».
—Claro, pero es un artículo muy antiguo.
Sí, y comentas que formaste un grupo dedicado a admirar no la calidad de las películas, sino su ausencia. ¿Qué importancia tiene el cine en tu obra?
—Muchísima. Yo participé en este grupo, que estaba integrado por personas de orígenes académicos muy diversos. Teníamos un historiador gordo, un traficante de artesanía incaica, un patita de dos metros que practicaba kung-fu, el jefe de cómputo de la Católica, y yo era el filósofo escalador. En fin, éramos un grupo interesante. Yo no he tenido nunca una promoción. Estudié filosofía con otras cinco personas y con dos nomás hablé. En la cafetería uno se encontraba con ingenieros, abogados, y ahí encontré mi formación. Una de las cosas divertidas que hacíamos era escalar, y otra era ir al cine. Nos dábamos inmensas maratones de cine. Sábado está hecho en torno a imágenes cinematográficas. Uno de los personajes tiene acceso a la colección de películas en Betamax de la Escuela Militar de Chorrillos, que era enorme. Recuerdo con precisión haber ido a una casa, con cajones de cerveza, a ver La naranja mecánica (1971), Conan (1982), Mad Max (1979), 2001, una odisea espacial (1968) y El resplandor (1980). Todo junto. Salíamos de allí y si alguien no metía un hachazo a otro era admirable. Veíamos las películas una y otra vez, repetíamos las frases, hacíamos fiestas con pósters, nos vestíamos como los personajes. Yo me he vestido de vikingo alguna vez, para entrar a una casa por la ventana y romper algo. Era una camorra muy divertida.
En Tragedias de Shakespeare [Editorial 451, Madrid, 2007] aparece un remake tuyo de Romeo y Julieta: «Averno». ¿Fue un texto por encargo?
—Sí, y Me pareció delicioso. Nunca había hecho un texto por encargo de esas características, porque como funcionario público hice muchísimos. Aquí se trataba de un reto de acomodar el sistema que tengo para escribir y el tipo de referencias que quería hacer a lo que deseaba para la historia. La historia ocurre en Verona. Escoges las letras de Verona, las pones en desorden y es averno. Pero en ese desorden algunas cosas están pasando. Lo que ocurre con las letras del título sucede con los episodios de esa historia. Es una meticulosa transposición de los momentos. En las primeras cinco semanas no escribí nada. Estuve diseñando cómo sería la estructura del texto. Una vez que lo supe me puse a escribir. No siempre me sucede esto. Muchos de mis textos han sido producidos por la emoción. Lo que sucede con el texto es que yo no tenía una anécdota. Y quería evitar atribuirle a Romeo y Julieta la ambientación, como el caso de los hinchas del Corinthians y el Botafogo. Hay cuarenta versiones fílmicas de Romeo y Julieta. Eso es exactamente lo que no quería. Tú lees este Romeo y Julieta y no encuentras el que te esperabas. Es una cosa cubista, son frases de Romeo y Julieta puestas en lugares perfectamente irónicos. Yo creí que me iba a salir con la mía y que sería genial, pero he leído los otros cuentos y hay otros que son hartos mejores. Otelo, por ejemplo, es un virus de computadora. Ya por ahí me ganó. Ahora, no he recibido ningún comentario, pese a que el libro está en Lima.

domingo, junio 15, 2008

Entrevista a Miguel Gutiérrez




Por Jorge Coaguila
Publicado en La Primera, suplemento «Semana», 8 de junio de 2008.

En su primera novela, El viejo saurio se retira (1969), hay un personaje de la aristocracia piurana que mantiene una relación amorosa con su hermana. Usted asegura, en La novela en dos textos (2001), que el tema del incesto es «constante y recurrente en la historia de la literatura» y agrega que es de difícil ejecución. ¿Qué problemas tuvo para escribir El mundo sin Xóchitl (2001, 2008)?
—Todo el argumento, los personajes, los ambientes, el escenario están diseñados en alguna página de El viejo saurio se retira. Incluso me propuse escribir la novela inmediatamente después, pero no me fue posible. De vez en cuando volvía la historia. Un poco que me sentía incapaz de escribirla. No por razones morales, sino por cuestiones estéticas. No me sentía con los instrumentos para contar esta historia.
Aparte de la tragedia Edipo Rey (hacia 430 a. C.), de Sófocles, ¿qué libros tratan este asunto? ¿Qué títulos tuvo presente?
—Cuando empecé a escribir la novela, releí la Orestíada (458 a. C.), de Esquilo, y novelas de Faulkner. También Sobre héroes y tumbas (1961), de Sabato. Me di cuenta de que el tema del incesto era todo un reto para mí.
En el prólogo de la nueva edición de El mundo sin Xóchitl, dice que su cultura operística era muy precaria, pero, asesorado por amantes de la lírica, leyó todo lo que tuvo al alcance durante tres años acerca de este género musical. A algunos autores se les criticó mucho por ambientar sus libros en los Andes, por escribir lo que no conocen a profundidad. ¿No sucede lo mismo aquí?
—No estoy de acuerdo con esa concepción de que el escritor solamente debe escribir sobre el mundito que conoce, sobre su clase social. Yo pertenezco a la pequeña burguesía, pero es no me impide escribir sobre la aristocracia en decadencia en El mundo sin Xóchitl. El escribir puede ubicar en cualquier escenario sus creaciones. No creo que solo los andinos deban escribir sobre Ayacucho, por ejemplo. Si tenemos que hacer una objeción crítica a Abril rojo (2006), de Santiago Roncagliolo, no es por que haya ubicado o porque desconozca el mundo andino, porque finalmente no se propuso eso. Las observaciones son por el tejido narrativo.
Hay un aspecto que llama la atención en su biografía: ¿por qué existe un silencio creativo de El viejo saurio se retira (1969) a Hombres de caminos (1988)? En total, 19 años.
—Un silencio editorial, digamos, porque no dejé de escribir, pero indudablemente en un momento determinado, durante 10 o 15 años no puse en el centro de mi vida la carrera creativa. Acepté otros compromisos, los cuales requerían también una entrega absoluta. Ya se sabe, uno no puede servir a dos amos. Me di cuenta luego de que las tareas que hacía lo podía hacer otras gentes con más talento. Me dedicaba, por necesidad, a hacer crítica. Me hice crítico porque vi un vacío. Pero después me di cuenta de que esa labor la podía hacer gente más capaz. En cambio, las historias que me venían a la mente solo yo podía escribirlas. No porque vayan a ser grandes obras, sino porque yo podía contarlas.
En su libro de ensayos La generación del 50: un mundo dividido (1988) usted ensalza a Jorge Eduardo Eielson, autor de poemas intimistas, por encima de Alejandro Romualdo, recientemente fallecido. Se interpretó que usted estaba en contra de la poesía social. Se dijo que un escritor progresista no debía tener esa posición. ¿Qué opina de estos comentarios?
—Son tonterías. Además, le rindo homenaje a Romualdo en el mismo libro. Por ejemplo, cuando yo cuento que llegó Romualdo con una delegación de poetas de Lima —entre ellos Carlos Germán Belli, Francisco Bendezú y otros—, y yo asistí al teatro Variedades, de Piura. Me impresionó muchísimo el poema «Dios material». Considero que Romualdo es un buen poeta, pero —para mi sensibilidad— Eielson me resulta mejor. Tiene más amplio registro, su aparato retórico es mucho más rico. Además, ha cultivado otros géneros, como la novela. Eso no tiene nada que ver que estoy contra la poesía social, pero si me dieran a escoger entre Vallejo y Eielson, sin duda elegiría a Vallejo.
En la Editorial San Marcos se anunció un ambicioso conjunto de ensayos suyos. Se publicó la primera serie de cinco títulos: Borges, Kafka, Faulkner, Ribeyro y autores de los Andes. ¿Qué sucedió con la segunda parte, con los trabajos suyos acerca de Joyce, Hemingway, Onetti, Zavaleta, Reynoso?
—En cierta forma, esos trabajos se han incorporado en mi libro El pacto con el diablo (2007). Por ejemplo, sobre Onetti. Se interpusieron otras tareas para sobrevivir. Por otra parte, me di cuenta de que esa labor competía con mi labor creativa.
En el capítulo I, en la sección «Una familia extinguida», de su novela La violencia del tiempo (1991) cuando se habla de Miguel Grau, el mayor héroe nacional, hay un espacio en blanco censurado. ¿Por qué mutiló su propio texto?
—No mutilé mi propio texto. El editor, Carlos Milla Batres, dadas las condiciones que vivía el país entonces y era extranjero, me llamó. «Miguel, si yo publico esto me ponen una bomba. Además, yo soy de El Salvador. Me botan del Perú». Quizá exageraba. Quiso que reescribiera ese párrafo. Me negué y le dije que, en todo caso, dejara en blanco. Algún día, si se publica una edición crítica se restituirá el párrafo. No me parecía tan terrible. Había una visión desmitificadora de Grau, sobre todo de su familia.
Algo de eso ha contado Guillermo Thorndike en su voluminosa biografía sobre Grau. Que la madre tuvo hijos con padres distintos.
—Claro, claro, pero han tenido que pasar muchos años para decirlo. En ese momento la Marina tenía otra fama. De las tres armas, la Marina ha sido la más cruel, la más violenta, la más sangrienta. Me pareció legítimo el temor de ese amigo. No podía exponerlo a una agresión. Al final, decidimos que quedara en blanco. Quedó como testimonio de la época.
En Celebración de la novela (1996), hay un «autorreportaje» porque, según dice usted, tiene una cierta insatisfacción general con las entrevistas que ha concedido. ¿Qué le reprocha a los periodistas peruanos?
—No les reprocho nada. Ellos hacen su trabajo y, en general, me han tratado bien. Aunque, claro, no se trata de que traten bien o te traten mal. Lo que pasa es que en una entrevista, por razones de espacio o por «levantar la noticia», problemas que son para mí más importantes, como la concepción propiamente literaria, no son desarrollados. Me quedo insatisfecho conmigo mismo. Se fijan en cosas secundarias para mí.
Iván Thays dice que lo invitó a usted a su ya desaparecido programa de televisión, pero usted se negó a ir. En otro momento, él dijo que lo primero que le preguntaría sería acerca de sus ideas sobre Sendero Luminoso.
—Mire, no quiero andar en dimes y diretes con ese sujeto. Eso de que me ha invitado es mentira... No quiero que crea que quiero evadir la segunda parte de su inquietud, como si él me va a poner contra la espada y la pared. Es una estupidez. Dentro de pocos días debe aparecer la segunda edición de La generación del 50: un mundo dividido, en la Arteidea Editores. En el prólogo están mis ideas claras acerca de aquello.
Esencialmente usted ha desarrollado el ensayo y la novela. ¿Hay otros géneros que cultiva y que no han visto la luz?
—No. No tengo ninguna sensibilidad para la poesía. Intenté llevar un diario, pero no pude. Me sentí falso. Lo que estoy trabajando ahora es una novela titulada Confesiones de Tamara Fiol. Espero que salga este año. Aún no sé en que sello editorial. Es la historia de un cronista de guerra que reside en Nueva York que se interesa por lo que está pasando en el Perú. Publica un reportaje sobre las senderistas, pero queda insatisfecho pues considera que no ha llegado a la intimidad de estos personajes. Ahí conoce a Tamara Fiol, quien estaba muy ligada a las luchas populares.

viernes, mayo 30, 2008

El Hablador 15

Ya salió la edición 15 de la revista El Hablador. Hay estudios sobre Mario Bellatin, José B. Adolph y sobre La casa de cartón. Los entrevistados son otro plato fuerte: José Rosas Ribeyro (sobre el debate de los poemas de María Emilia Cornejo), Diamela Eltit, Héctor Abad Falciolince y Carlos Monsiváis. Todos de lectura obligatoria.

miércoles, mayo 21, 2008

La lengua de Cela


Es conocida la anécdota referida a que Camilo José Cela hizo todo lo posible para que la Academia de la Lengua incluyese al vocablo coño dentro del diccionario de la RAE. Esta semana se presentó en Madrid el libro El coño de don Camilo, que hace un recuento de anécdotas diarias del Nobel. El autor del volumen es Gaspar Sánchez Salas, que se desempeñó como secretario de Cela durante sus últimos seis años de vida. Sánchez Salas cree que la mejor anécdota ocurrió en 1977, cuando Cela fue nombrado senador. El presidente del Senado lo descubrió echando una siesta y dijo: “El señor Cela está dormido”. “No estaba dormido, sino durmiendo”, acotó el escritor. “¿Y eso no es lo mismo?”. “No, señor presidente —respondió Cela—, como tampoco es lo mismo estar jodido que jodiendo”.

martes, mayo 06, 2008

Los mejores libros de cuentos 1982-2007


Acabo de descubrir una encuesta muy interesante realizada por el blog El Síndrome Chéjov, referida a los mejores libros de cuentos de los últimos 25 años publicados en España. Catedral de Raymond Carver fue el ganador. Otra cosa: de los trece mejores libros, ocho están escritos en español.
Los resultados fueron:
1. Catedral (1983), de Raymond Carver
2. Velocidad de los jardines (1992), de Eloy Tizón
3. Llamadas telefónicas (1997), de Roberto Bolaño
4. Rock Springs (1987), de Richard Ford
. El porqué de las cosas (1994), de Quim Monzó
. El aburrimiento, Lester (1996), de Hipólito Navarro
. Frío de vivir (1997), de Carlos Castán
8. Pájaros de América (1998), de Lorrie Moore
9. Tres rosas amarillas (1998), de Raymond Carver
. La chica del pelo raro (1989), de David Foster Wallace
. La velocidad de las cosas (1998-2006), de Rodrigo Fresán
. Los girasoles ciegos (2004), de Alberto Méndez
. La vida ausente (2006), de Ángel Zapata
14. Crónicas de motel (2004), de Sam Shepard
. Cazadores en la nieve (1982), de Tobías Wolff
. La enciclopedia de los muertos (1985), de Danilo Kiš
. Obabakoak (1988), de Bernardo Atxaga
. Las cosas que llevaban los hombres que lucharon (1990), de Tim O’Brien
. El temor del cielo (1994), de Fleur Jaeggy
. El fin de los buenos tiempos (1994), de Ignacio Martínez de Pisón
. Esperando al enemigo (1996), de Gonzalo Calcedo
. La literatura nazi en América (1996), de Roberto Bolaño
. Contrasombras (1998), de Medardo Fraile
. El malestar al alcance de todos (2004), de Mercedes Cebrián
. El síndrome Chéjov (2006), de Miguel Ángel Muñoz
. Ceremonias de interior (2006), de Ignacio Ferrando
La lista completa se encuentra aquí.